Sobre el desaliento

Cristo en Getsemaní

Cristo en Getsemaní

Hay situaciones que a veces nos sumen en el desaliento. Acontecimientos que no deseamos, que no esperamos; consecuencia o no de nuestras acciones, reacciones que no podemos comprender. ¿Puede decirme algo sobre el tema?

Es un tema interesante en la vida espiritual. Sucede que algo no se desarrolla como esperábamos o un imprevisto viene a modificar lo que teníamos pensado y aparece el desaliento. Incluso suele aparecer como resultado de las propias caídas, a consecuencia de retrocesos en nuestra ascesis o sin motivo aparente.

El desaliento es una respuesta automática, no pensada, reacción inmediata del ánimo. Es, ante todo, un modo inadecuado de responder a lo que ocurre.

Es preciso bucear en las profundidades del mundo interior y rastrear el origen, la raíz del desánimo.

Si hay desaliento es porque habíamos fundado las expectativas en algo exterior, el entusiasmo no estaba fundamentado en la acción misma y su sentido, sino en el resultado.

El desaliento es arma del enemigo, es complacencia de todo aquello que se opone al crecimiento espiritual y al surgimiento del Cristo en el corazón.

En lugar de desalentarse hay que agradecer. Todo suceso es enseñanza, es posibilidad de aprendizaje y crecimiento, no hay que olvidarse que todo lo que ocurre es permitido por Dios y que aún lo desagradable encuentra significado en los designios de la Providencia.

Debemos buscar ante los aconteceres una actitud receptiva, una mirada de aceptación… “Quién a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”, debiera ser una frase a recordar, un modo de volver a lo esencial. “Nada te turbe, nada te espante…” puede ser el trasfondo desde el cual moverse en medio de esos acontecimientos.

Además, si queremos modificar algo debemos primero aceptarlo, tomar lo que sucede sin queja, buscar la posición interior que nos permite avanzar con resolución. También hay algo interesante que ocurre si tomamos los acontecimientos atentos a la presencia de Dios y es que pueden servir para fortalecernos.

Cualquier acontecimiento, sea de naturaleza interior o exterior puede ser iluminado por la Escritura. No hay situación que la aplicación del Evangelio no resuelva. Hay que considerar también especialmente la máxima de Mateo 5, 43-48 en la que se nos exhorta a amar a nuestros enemigos y a rogar por los que nos persiguen.

Es importante evitar que cualquier sentimiento de odio se instale en el corazón, porque eso abre la puerta a toda una serie de males espirituales. No debemos juzgar a nadie, antes bien, considerar nuestras propias faltas. Y si algo nos parece injusto, confiar en la justicia de Dios y en Su misericordia, porque Él conoce los secretos del corazón. (Salmo 44, 22)

Debes sumergirte con ahínco y paciencia en la Sagrada Escritura y meditar cada palabra abriendo el corazón, todo cambia luego de unos momentos de Lectio Divina. Dios conoce nuestros corazones, descansa en ello, que solo Su juicio sea el que te importe. (Lucas 16, 15)

En la raíz de todo desaliento vive la falta de fe en Dios. ¿Porque habrías de preocuparte si a Él te has entregado?

¿Pones tu refugio en el más Alto? (Salmo 62, 6-8) Entonces libérate de toda pesadumbre y confía, porque Dios sabe lo que nos conviene.

Texto propio del blog posteado el 6/11/2011

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La fluidez de la inspiración del Espíritu

Resurrección de Lázaro de  Betania

Resurrección de Lázaro de Betania

- En el Evangelio de San Juan, capítulo 11, Lázaro ha muerto, los discípulos piensan que solo está enfermo. Siguiendo la voluntad de Dios, Jesús quiere volver a Judea para resucitarlo. Los discípulos le dicen:

“Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?”. Jesús les respondió: “¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él”.

¿A qué se refiere? ¿a que Él es la luz del mundo?

- Sí. Según mi parecer alude a uno de dos significados, o a ambos tal vez. Por una parte alude a llevar a Cristo en sí, en el corazón, y por tanto uno camina a la luz del día. Y podría ser también que caminar de noche se refiera a vivir en “lo bajo”, en la oscuridad que implican las pasiones.

A Jesús nada podía pasarle que no fuera la voluntad de Dios. Él lleva la luz consigo, el Padre y Él son uno junto con el Espíritu Santo, por lo tanto, no caben los temores de los discípulos, porque a Él le pasará lo que deba pasarle según Su Plan.

En realidad, esto cabe también para todos aquellos que se entregan o confían en Dios. Y a mayor confianza, más luz, y más “acierto” con el Plan divino. No porque esta luz interior permita deducirlo como si se tratara de un plan humano, sino porque intuitivamente la persona en gracia y entregada, actúa fluidamente dentro de lo que Dios quiere, casi sin darse cuenta.

- ¿Incluso a veces pensando que no está cumpliendo Su voluntad?

- Claro, eso es la mente pensante o analítica que siembra dudas y consideraciones, e implica en cierto modo la pérdida transitoria de ese estado de entrega. La deliberación y el análisis son en verdad, en estos casos, un cierto freno a la fluidez de la inspiración del Espíritu.

-¿Hay algo que una persona pueda hacer para dejarse llevar por esa “fluidez”, esa inspiración del Espíritu?

- Confiar enteramente en la bondad divina, en esa Providencia amorosa y, partiendo de esa actitud, actuar con espontaneidad, teniendo al Evangelio en la “co-presencia”.

Es evidente que debemos a Dios todo lo que tenemos, desde la vida misma. Por lo tanto es bueno acordarse de que Él sabe cuántos cabellos hay en nuestra cabeza y que ya nos conocía desde el seno materno. ¿Cómo no confiar?

- Porque no lo vemos, apenas lo sentimos…

- Claro, es entendible. Sin embargo, solemos confiar en nosotros mismos cuando está a la vista que somos confusos, impredecibles, cambiantes, egoístas y un largo etc.

Prefiero confiar en Aquél que hizo las galaxias y las incontables maravillas.

Sucede que nosotros vemos, como mucho, un pequeño aspecto de las cosas y de las situaciones, y aún esto de modo parcial y subjetivo.

Él ve todo, todo el contexto universal de su propia creación. Por lo cual, es de suponer (sonrío) que sus medidas y acciones deben tener algo más de sentido que las mías, y que Su parecer es más acertado, aunque no me parezca o no me guste muchas veces.

- Cuando habla del parecer de Dios ¿cómo puede saber el hombre cual es ese parecer? ¿Por lo que le presenta la vida? ¿Por las alternativas que tiene ante si…?

- Tenemos dos maneras en principio, me parece:

Una es por “el mapa” que nos dejó Jesús a través de sus enseñanzas y los Evangelios en general, más el resto de la Sagrada Escritura, que nos da una guía, un esquema muy aplicable a diversas situaciones.

Y por otro lado, esa especie de “voz” de la propia conciencia de cada quién, que le dice a uno que eso que va a hacer no está bien, o que mejor esto otro, etc.

Aunando esas dos cosas, más la actitud de confianza, todo irá bien. En todo caso, cuando se debe actuar y no hay un convencimiento completo, orar y actuar atento a la oración, es entregarle la conducta a Dios.

- Cuando se presentan varias alternativas todas posibles y loables ¿está bien elegir? ¿O debemos dejar que otros elijan por uno?

- Es lícito elegir si uno siente la inclinación a hacerlo, a optar. En caso contrario dejar que los demás decidan o que la situación misma lo haga puede ser la manera de “dejárselo a Dios”.

Un criterio que ayuda, es atender a la paz interior que tal decisión me produce cuando me imagino realizándola. Podría valer para tener un indicador.

Texto propio del blog

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