El filtro de la mirada personal

De intercambios por mail

- Hace poco leí un texto en la Filocalia de Máximo el Confesor, que decía: “Quien habla sin pasión de los pecados de un hermano, puede hacerlo por dos motivos: para corregirlo o para hacer el bien a otro. Pero, si lo hace sin dichos motivos, lo hará para ofenderlo o escarnecerlo, y entonces no huirá del abandono por parte de Dios, es más, caerá en ese mismo pecado o en otro y, acusado y ofendido por otros, será avergonzado”.

Y otro de Pedro Damasceno que hablaba de la humildad, y que yo diría, le falta al que juzga: Nada es mejor que conocer la propia debilidad y la propia ignorancia, y no hay nada peor que ignorarla”.

¿Cómo liberarse del juicio? ¿Es lícito enjuiciar para encontrar el discernimiento a la hora de dar una respuesta a los requerimientos de otros? Es decir, ¿Se puede enjuiciar si eso nos da discernimiento? Me refiero al juicio que se deriva de la reflexión, no a una ofensa manifiesta hecha contra el hermano.

- Liberarse de los automatismos de la mente, como el caso de ese juzgar automático que sucede a todos, es más difícil que atrapar el viento, decían los antiguos.

Corresponde observar este funcionamiento sin creérselo, es decir, sabiendo que nadie puede juzgar correctamente a otro, porque está teniendo una visión parcial de esa persona.

Solo cabe a Dios el creador de la criatura juzgarla, y aun así el modo de ese juicio divino se nos escapa, no debe ser ni parecido a nuestro modo de juzgar. Pero involuntariamente la mente juzga. Debemos tratar de dejar pasar ese juicio como dejamos pasar las nubes en el cielo.

En cuanto a discernir, lo mejor es decidir a la luz del Evangelio, escuchando la propia conciencia y aquello que nos da paz. Podrías reflexionar, pero digo que para esa reflexión no es necesario juzgar a otro o creer los juicios automáticos que ha hecho la mente.

- Pero la reflexión nos puede llevar a “conocer” al otro y a sus motivaciones.

- Sí, puede. Pero aun así, conocer lo que motiva al otro o advertir sus cuestiones no implica que uno lo juzgue en el corazón. Uno puede decir… “esta tendencia que veo en tal persona no me inspira confianza, por lo tanto no le contaré tal cosa”. Temo que lo cuente, por ejemplo.

Juzgar en cambio, sería cuando se nos enturbia el corazón por lo que observamos. Decir y creer: “Tal es un boca suelta, a todo el mundo le va contando lo que no debe contar”, con acritud del corazón.

Claro, una cosa es ver que uno ha observado algo, y eso sería una descripción tentativa, y otra “condenar” al otro y fijarlo estáticamente en una tendencia que a lo mejor puede no ser así o que quizá cambie en el futuro. Sin embargo la dureza que uno suele tener con los demás en las apreciaciones, repercute en los juicios y en la dureza con que nos tratamos a nosotros mismos.

- Sí, la medida con que medimos se usará para cada uno… (Mc 4,24)

- Creo que esa frase alude a lo que te decía, a que la forma de mirar a los demás que tenemos es la misma que usamos para mirarnos a nosotros mismos.

Nuestra mirada lo tiñe todo del mismo color, y al final es eso lo que nos encontramos en la vida. Vivimos envueltos en nuestra mirada. Y te diría más: Nuestra forma de mirar “fabrica” también nuestro modo de imaginar a Dios y por tanto de sentirlo.

Sucede, que alguna imagen tenemos cada uno de Dios involuntariamente en la mente. Y al ser esto inevitable, cada persona tiene imágenes diferentes de Dios, aunque todas ellas sean de la misma fe. Un ejemplo lo tienes en la visión del Dios Juez o del Dios Misericordia, unos enfatizan en un aspecto y otros en otro. Y eso deriva de la propia mirada. Fíjate como hay relación directa entre las apreciaciones hacia los demás, los juicios para consigo mismo y la imagen propia de Dios.

En los Evangelios hay alguna parábola sobre el juicio divino, como la del rico y el pobre Lázaro, por ejemplo… pero hay suficientes asertos de Jesús hablando del amor y del no juzguéis.

Sucede que alguien termina de leer el Evangelio y le queda un sabor… algunos sienten el amor de Dios y otros su justicia y así siguiendo. Es interesante ver que en cada caso es la mirada personal la que “filtra” lo leído y saca una conclusión.

- Veo las dos cosas: el amor y la justicia. Pensaba últimamente que es esencial el equilibrio en todo: Entre el vacío y el fervor, entre amor y la justicia, entre el temor y la alegría de la fe. Entre el orar y el trabajar.

- Está muy bien. Está perfecto. Es una buena síntesis.

Texto propio del blog

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La eficacia de la Oración de Jesús

 

«¿Por qué la Oración de Jesús es más eficaz que cualquier otra Oración?

La Oración de Jesús es como cualquier otra oración. Si es más poderosa que las otras es, únicamente, en virtud del Nombre de Jesús, Nuestro Señor y Salvador, pues el  Nombre de Jesucristo es temible para los enemigos de nuestra salvación y una bendición para todos aquellos que la buscan.

En todas las circunstancias, implorad a Dios, nuestro muy puro Soberano, y a nuestro ángel guardián, y ellos os enseñarán todas las cosas, sea por sí mismos, sea por otros.

Pero es necesario invocar ese nombre con una fe total y sin hesitación, con una certidumbre profunda de la proximidad de Dios, sabiendo que Él ve, que Él entiende, que Él escucha con extrema atención nuestra demanda, y que se mantiene listo para responder a ella y acordarnos lo que buscamos.

La oración de Jesús no es un talismán. Su poder proviene de nuestra fe en el Señor, y de una unión profunda de nuestro espíritu y de nuestro corazón con Él. Si estamos en estas disposiciones, la invocación del Nombre de Jesús será verdaderamente eficaz.

La esencia de la oración consiste en permanecer establecido en el recuerdo de Dios y marchar en su presencia».

Textos del libro de Teófano el Recluso

“Arte de la oración” Ed: Lumen, Argentina

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