La presencia de Dios

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Estimad@s herman@s en Cristo Jesús:

Dios está presente en nuestra vida. Nuestro Dios es un Dios vivo, actuante y que se relaciona con nosotros incluso de manera personal. Misteriosamente, Aquél que ha creado todo lo que existe y que está más allá de toda posibilidad de comprensión humana, resulta ser más íntimo a nosotros que nosotros mismos.

Muchas de las dificultades que afrontamos en nuestra vida, derivan de las dudas que albergamos respecto de las afirmaciones anteriores. Nuestra fe suele vacilar. Pero merced a Su gracia y al ejercicio de nuestro margen de libertad, lo que es mera creencia puede transformarse en fe, esta convertirse en certeza y desde aquella es posible el acceso a la experiencia.

Estamos diciendo que puede tenerse experiencia íntima e indubitable de la presencia de Dios y por cierto de Su acción en lo cotidiano. Contrariamente a lo que pudiera suponerse, esta presencia no es esquiva, ni se oculta al hombre. Somos nosotros los que teniendo embotados los sentidos físicos y espirituales nos hemos convertido en ciegos y en sordos a las múltiples manifestaciones de lo sagrado.

Somos esclavos de nuestras pasiones y mediante múltiples deseos hemos dirigido nuestra atención hacia aquello que creíamos podía colmar nuestras ansias de felicidad. Una y otra vez, fracasamos en encontrar un bienestar estable, porque apostamos a lo provisorio, a lo que esencialmente es fugaz y mudable.

Tarde o temprano hemos de reconocer, que no hay en este mundo algo capaz de saciar el corazón del hombre, como no sea aquello que tiene la cualidad de lo eterno, solo Dios. Vivimos extrañados, siempre algo alienados, como extranjeros en un país de idioma críptico, donde nuestras acciones e intenciones nunca terminan dando los frutos que esperamos.

Es que no somos de aquí, nuestro origen es celeste y olvidando nuestra condición de hijos de Dios, buscamos identidad en las cosas materiales.

Concentrémonos en actualizar nuestra experiencia de lo sagrado. Busquemos el don de la presencia de Dios en lo cotidiano, para que este encuentro con El Amado nos inflame de fuerza y determinación para ser fieles, para subir peldaño a peldaño la escala de Jacob.

Invoquemos a María,  la “Theotokos”, para que imbuidos de su entrega y de su confianza nos dispongamos a profundizar nuestro camino espiritual.

Lectura recomendada Génesis 28, 11-19

Texto propio del blog

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Extraído de elsantonombre.wordpress.com publicado originalmente el 1/1/12
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La perla de gran valor

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Para el que lleva consigo a Cristo no hay ya ni muerte ni enfermedad ni angustia aquí abajo. Ha entrado ya en la vida eterna y ve todas las cosas bajo esta luz.

Día y noche la semilla celestial se levanta y crece en tu corazón sin que sepas cómo. La tierra de tu corazón produce primero el tallo, luego la espiga, luego el grano que llena la espiga (Mt 4, 27-28).

Los santos hablan de lo que llaman la luz inextinguible. Es una luz que brilla no para los ojos exteriores, sino en el corazón de aquel que no deja de avanzar en la pureza y en la inocencia. Hace retroceder muy pronto las tinieblas, y nos encamina invenciblemente hacia el pleno día. Su característica es ser siempre más pura. Es la luz de la eternidad, que no conoce la noche, y que brilla desde ahora a través del velo del tiempo y de la materia. Los santos nunca dicen que esta luz les haya sido dada; aseguran tan sólo que se concede únicamente a los que han purificado su corazón por amor al Señor en el camino estrecho que libremente han elegido.

El camino estrecho no tiene fin, es eterno (Sal 138,24). Cada paso que se da en él es un empezar. En él, el presente incluye el futuro, el día del juicio; el presente incluye el pasado, la creación. Cristo está presente en todas partes sin estar atado por el tiempo, a la vez en los cielos y en los infiernos. Cuando Aquél que es el Único llega, desaparece toda multiplicidad, tanto en el tiempo como en el espacio. Todo se reúne y se hace simultáneo en el fondo de tu corazón. Has encontrado entonces lo que buscabas, la profundidad, la altura y la anchura de la Cruz, el Salvador y la salvación.

Por eso si quieres salvar tu alma y ganar la vida eterna, vuelve a empezar una y otra vez a sacudir tu embotamiento, haciendo la señal de la cruz y diciendo: “concédeme, Señor, el empezar bien, el en el Nombre del Padre, Y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”.

 ”El sendero de los ascetas” T. Collander – Editorial Monte Carmelo (2000)

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Permanece en el corazón

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El ámbito de tu cuerpo es un misterio insondable. Se genera en nueva luz, en asombrosa luz. Ama y acepta el perfume de esas flores: acepta el rincón admirable de tu jardín.

¿Pensabas que Dios no te conocía? ¡Cuánto descuido…! Respiro profundo de Dios en la hondura inefable ¿Por qué temes?

Alegría del arroyuelo. Serenidad en el agua que corre y corre… Hay un susurro escondido… Quizá la contemplación de ciertos espacios de vida puedan decirnos aquello que nuestras palabras no logran, lo que nuestra boca sólo puede callar.

El corazón contempla y descubre en esos rincones que aparecen por todas partes, que nunca faltan, y con los cuales siempre hallamos una misteriosa y encendida comunión. Connaturalizad con la quietud, más allá y más adentro que lo exterior: son las fuentes inagotables del claustro del alma…

Se me dirá: -esa rosa que ves es una danza de átomos y movimientos que no puedes imaginar… Es verdad, respondo yo, pero ¡hay más hondo, infinitamente más hondo que eso! Y es lo que no se ve ni se sueña y que el toque de la presencia que aparece ante mis ojos me revela en una imagen inefable. La belleza escondida habla por sí sola.

Hallamos en el alma todas las semejanzas en su propio fondo. Admirable belleza que el corazón arranca y libera de todos los escondites o lugares que acierta a rescatar, descubriendo su propia maravilla y esplendor en la aparición insondable del ser.

¿Logras detenerte alguna vez? También en la hora de dolor horada esos muros con la luz que te es dada… Mira y ve más allá, más allá de tus ojos, más allá de ti… En tu corazón verás más allá de ti… Ahonda, luego de detenerte.

En cualquier momento quédate donde estás. Es una práctica: un ejercicio: ¡detente!.. El silencio está ahí. Detente. Hay un claro en el bosque por el que vamos. Aquiétate aquí y reposa, descansa sobre la hierba, a la sombra de este árbol… Nada más.

        Alberto E. Justo O.P

Flor del yermo

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