Plegaria de una sola palabra

«Lo que hemos de decir con sobriedad y verdad es lo siguiente: la invocación del Nombre simplifica y unifica nuestra vida espiritual. No hay oración más simple que esta “plegaria de una sola palabra”, en que el santo Nombre se convierte en la única fuente de toda nuestra vida.

Los métodos complicados a  menudo cansan y disipan el pensamiento; en cambio, el Nombre de Jesús lo reúne fácilmente todo en sí mismo. Tiene el poder de integración y de unificación.

Una personalidad dividida, que podría decir: “Mi nombre es Legión, porque somos muchos” (Mc 5,9), recobrará su integridad a través del santo Nombre: “Que mi corazón, todo entero, venere tu Nombre” (Sal 85,11)».

“La invocación del Nombre de Jesús”,  Un monje de la Iglesia de Oriente

Ed: de la Abadía de Montserrat, Barcelona, 1990

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Tratar de amistad con Dios

Unificación personal. Carmelita en su celda

Carmelita en la celda

«Se entienda el gran bien que hace Dios a un alma que la dispone para tener oración con voluntad,  aunque no esté tan dispuesta como es menester… El bien que tiene quien se ejercita en oración hay muchos santos y buenos que lo han escrito, digo oración mental: ¡Gloria sea a Dios por ello!

De lo que yo tengo experiencia puedo decir, y es que, por males que haga quien la ha comenzado, no la deje, pues es el medio por donde puede tornarse a remediar, y sin ella será muy más dificultoso….

Y quien no la ha comenzado, por amor del Señor, le ruego yo, no carezca de tanto bien. No hay aquí que temer, sino que desear; porque, cuando no fuere adelante y se esforzare a ser perfecto, a poco ganar irá entendiendo el camino para el Cielo…

Que no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando  muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama.

He visto esto claro por mí, y no veo, Criador mío, por qué todo el mundo no se  procure llegar a Vos por esta particular amistad: los malos, que no son de vuestra condición, para que nos hagáis buenos con que os sufran estéis con ellos siquiera dos horas cada día, aunque ellos no estén con Vos, sino con mil revueltas de cuidados y pensamientos de mundo, como yo hacía.

Esta fue toda mi oración y ha sido cuando anduve en estos peligros, y aquí era mi pensar cuando podía; y muy muchas veces, algunos años, tenía más cuenta con desear se acabase la hora que tenía por mí de estar, y escuchar cuándo daba el  reloj, que no en otras cosas buenas…

Y es cierto que era tan incomportable la fuerza que el demonio me hacía o mi ruin costumbre que no fuese a la oración, y la tristeza que me daba en entrando en el oratorio, que era menester ayudarme de todo mi ánimo para forzarme, y en fin, me ayudaba el Señor. Y después que me había hecho esta fuerza, me hallaba con más quietud y regalo que algunas veces que tenía deseo de rezar.

… Pues si a los que no le sirven, sino que le ofenden, les está tan bien la oración y les es tan necesaria, y no puede nadie hallar con verdad daño que pueda hacer… que no fuera mayor el no tenerla los que sirven a Dios y le quieren servir ¿por qué lo han de dejar?… porque a los que tratan la oración el mismo Señor les da gusto para que con Él se pasen los trabajos».

“Libro de la Vida” de Santa Teresa de Jesús

La oración en Santa Teresa de Jesús

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